Sin camioneros la vida cotidiana es imposible. Esas moles de 18 ruedas o más –que a veces parecen molestar en la ruta-, y los profesionales que las conducen, transportan alimentos, materias primas, componentes, medicamentos. combustibles y todo lo que la economía de un país necesita para su desarrollo.

Esos hombres y esas máquinas son imprescindibles para una sociedad. Sobre todo, cuando un mundo entero lucha contra un enemigo invisible que se lleva vidas. Una guerra desigual que avanza con una velocidad que sorprende y mete miedo.

Aun así, miles de argentinos, le dan batalla, en la salud, en la seguridad, en los servicios públicos, en las fábricas, en los laboratorios y entre tantas otros más, en las rutas, los hombres y mujeres del transporte.

Hasta el momento, la mirada de las autoridades no se posó en los camioneros que, a pesar de ello, siguen haciendo su ímproba tarea con las muchas dificultades que les plantean los caminos.

Pueblos cerrados, estaciones de servicio que solo expenden combustible, imposibilidad de comprar alimentos, sanitarios clausurados o con falta de higiene, entre otras tantas dificultades, hacen difícil la situación de los camioneros, especialmente los de larga distancia.

Contra esos obstáculos, los camioneros siguen en la trinchera, inclusive, ofreciendo su trabajo –los que actualmente no lo tienen-, o sus propios camiones –los que son también propietarios-, sin más interés que colaborar con el país.

Es de esperar que más temprano que tarde, las autoridades se acuerden de la importancia de la labor que realizan a diario los camioneros. Que les brinden la ayuda necesaria para realizar su necesaria tarea y los apoyen en el tiempo.

Así es, que cuando todo esto pase y el pueblo argentino vuelva a levantarse –esta desgracia sin duda pasará-, el trabajo de los camioneros sea reconocido con leyes que se cumplan, con sanitarios dignos, con espacios para pernoctar seguros y tantas otras cosas que, quienes hacen un trabajo tan duro y lejos de sus afectos, merecen.

Sin camioneros no hay batalla ganada y sin ganar batallas día a día, no hay posibilidades de triunfo en una guerra.

Alberto Falcón

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